Por: 7ma Medios
La planta de Unilever en Rodeo de la Cruz, Guaymallén, dejó de operar después de más de seis décadas de actividad. El establecimiento se dedicaba al deshidratado de vegetales para los caldos y las sopas Knorr.
El cierre provocó el despido de sus 60 trabajadores directos, quienes recibieron sus indemnizaciones. La medida también afectó a decenas de productores agrícolas de Mendoza y San Juan que habían adaptado sus cultivos y estructuras productivas para abastecer a la compañía.
“Las sopas secas en sobre sufrieron un declive sostenido en la demanda”, explicó Unilever al justificar el cierre.
La empresa atribuyó la decisión a una transformación en los hábitos de consumo. Según su explicación, las sopas deshidratadas registraron una caída sostenida de la demanda y mantuvieron una fuerte dependencia de los meses fríos.

A ese escenario se sumaron los costos fijos de una planta que debía permanecer operativa durante todo el año para atender un volumen menor.
Unilever decidió entonces modificar su estrategia y concentrar su portafolio en alimentos de consumo más constante, como pastas, risottos y ramen.
La compañía también resolvió abandonar el procesamiento agrícola propio en Guaymallén. El nuevo esquema contempla compras a proveedores externos e importación de materias primas, mientras el complejo industrial de Pilar concentrará la etapa final de empaque.
El cierre no terminó con los puestos de trabajo dentro de la fábrica. La decisión también golpeó a una cadena agrícola que durante décadas tuvo a Unilever como comprador.
Decenas de productores habían destinado superficies, tecnología y recursos a la producción de vegetales para deshidratación. Con el cierre, perdieron el destino comercial de esa producción.
El impacto alcanzó a la actividad hortícola de Mendoza y San Juan y dejó en evidencia la dependencia que algunos sectores regionales mantienen respecto de grandes industrias.
La clausura de la planta ocurrió en un contexto de retroceso de la actividad productiva y caída del consumo interno.
Según los datos citados en el informe, desde el inicio del actual ciclo económico cerraron más de 26.400 empresas empleadoras, mientras la tasa de desempleo pasó del 5,7% al 7,8%.

El escenario también quedó atravesado por la apertura de importaciones y por los cuestionamientos de sectores productivos a la presión tributaria y a los costos internos.
“Deben cerrar los actores que no puedan competir”, sostuvo el presidente Javier Milei al referirse al funcionamiento del mercado.
Para los sectores críticos de la política económica, esa premisa enfrenta una dificultad adicional: las empresas nacionales compiten con productos importados mientras afrontan costos tributarios y operativos elevados.
La pérdida de poder adquisitivo también impactó sobre el consumo. La caída de la demanda interna redujo el volumen de ventas de distintos sectores y profundizó las dificultades para sostener estructuras industriales de gran tamaño.
De acuerdo con los datos citados en el informe, una encuesta reciente mostró que el 59% de los consultados calificó la situación económica como negativa. Un 18% la consideró neutra y un 22% la evaluó de forma positiva.
La falta de trabajo también ganó peso entre las principales preocupaciones sociales y desplazó a la inflación como principal inquietud.
El caso de la planta de Knorr expone así una doble consecuencia: una multinacional que redefine su esquema de producción y una cadena de proveedores regionales que pierde una fuente histórica de demanda.
Después de más de 60 años, la fábrica de Rodeo de la Cruz dejó de producir. Para Mendoza, el cierre no representa solo el final de una planta industrial: también marca la ruptura de una cadena productiva que durante décadas vinculó a trabajadores, productores y una de las marcas de alimentos más reconocidas del país.